Meditaciones sobre el Padrenuestro – Sexta petición

«El Padre Nuestro: modelo y guía para orar. Teología y Psicología de la oración” Mateo 6:9-13 / Lucas 11:2-4

“Señor, enséñanos a orar” (Lucas 11:1)
“Cuantas menos palabras, mejor la oración” (Martin Lutero 1483-1546)

VIII. Sexta petición: “No nos expongas a la tentación”

Esta es la sexta y última petición del Padrenuestro. Nos abruma pensar en todo lo orado hasta ahora, pero nos resta una última petición que tiene que ver con nuestra protección ante el mal: el pecado, las dificultades, el maligno. En cierto modo es una petición que complementa la anterior: al perdón de Dios debemos unir su protección. Lutero decía que se acostaba con la quinta petición y se levantaba con la sexta. Una práctica manera de afrontar el día a día.

Empecemos por aclarar que la palabra “tentación” no es sinónima de pecado. Jesús mismo fue tentado en todo pero en Él no se halló pecado (Heb.4:15). Tampoco Dios es el “tentador” en el sentido de la fuente del mal (Stg.1:13). Somos tentados en muchas ocasiones por nuestra propia concupiscencia o propia pasión (Stg.1:14) o por el mismo maligno, fuente última de todo mal. Como vimos en cuanto a su voluntad, Dios es quien permite que eso ocurra con una finalidad positiva. Las tentaciones o pruebas tienen, en su fondo y en su fin, un buen propósito para fortalecer nuestra fe (1a Pe. 1:6; 4:12). Dios no humilla o aflige por gusto a sus hijos, más bien permite que seamos expuestos a diferentes pruebas para que crezcan en su vida espiritual.

Pero como, honradamente, siempre corremos un peligro en la prueba y la tentación, y podemos sucumbir al pecado. De ahí el tono de la petición: Señor, no nos expongas a ella”, desearíamos ser guardados y eximidos de las tribulaciones, pruebas o tentaciones, como Jesús en el Getsemaní. Cualquier cristiano sabe, por experiencia, que la tentación causa dolor, vulnerabilidad, ansiedad, y por tanto es legítimo pedir al Padre que nos

exima de ella. Pero enseguida recordamos lo dicho en esta misma oración: “Sea hecha tu voluntad”. En muchas ocasiones será inevitable que atravesemosporprueba queharántambalearnuestrafe,peroconfiemosen el Espíritu Santo de Dios para salir victoriosos y más maduros de ellas. Jesús, que fue tentado en grado máximo, nos comprende y nos auxilia (He.2:18). Además, tenemos una promesa preciosa por boca del apóstol Pablo que nos garantiza una exposición a las pruebas que no irá más allá de nuestra propia capacidad de resistencia, así como una ayuda poderosa para vencerla (1a Co. 10:13).

Líbranos del mal. En su doble sentido: líbranos de lo malo y del maligno. De entrada estamos pidiendo al Padre que nos libre de nosotros mismos: la vieja naturaleza que aún subsiste en nosotros es causa de muchos males. También de la que está presente en este mundo caído con sus valores, sus miserias y su suciedad. Pero por último pedimos que nos libre del maligno (1a Pe.5:8). Aunque los cristianos vivimos en la esfera de la gracia y la protección de Dios haremos mal en menospreciar al príncipe de la potestad del aire, el que actúa sobre los hijos de desobediencia, el príncipe de este mundo. El diablo nos puede zarandear (Lc.22:31), disfrazado de ángel de luz, agazapado o como astuto engañador; es poderoso y debemos estar vigilantes. Pero frente a él, Dios es omnipotente y está a nuestro favor.

En nuestra relación con nosotros mismos y este mundo recordemos las palabras de Lutero: “No puedes evitar que los pájaros revoloteen sobre tu cabeza, pero sí que hagan nido en ella”. Oremos para que el Padre no nos exponga a tentación, pero si nos vemos en ella, oremos para que nos libre y nos proteja del mal.

Velad y orad para que no entréis (caer, precipitarse en ella) en tentación(Mt. 26:41) les recomendó Jesús a sus discípulos. Te pedimos Padre que nos eximas de ella. Pero si es tu voluntad que la suframos, ayúdanos a salir victoriosos de la prueba guardándonos de caer (Judas 24). Con tu ayuda somos más que vencedores abrazados a los triunfos de la Cruz.

Pau Grau