Meditaciones sobre el Padrenuestro – Doxología

“El Padre Nuestro: modelo y guía para orar. Teología y Psicología de la oración” Mateo 6:9-13 / Lucas 11:2-4

“Señor, enséñanos a orar” (Lucas 11:1)
“Cuantas menos palabras, mejor la oración” (Martin Lutero 1483-1546)

IX. Doxología: “Porque tuyo es el Reino”

Hemos llegado al final de esta magistral oración que termina con una doxología que es al mismo tiempo una confesión de fe y una expresión de alabanza:

“Porque tuyo es el reino, el poder y la gloria, por todos los siglos. Amén”

Nadie posee la autoridad suprema sino Dios. Todos los imperios, todos los gobiernos caen y pasan; todos los poderes que se arrogan la supremacía y la exclusividad son humillados y vencidos. Ni siquiera aquellos poderes que tienen el prestigio de la democracia y la legitimidad podrán sustituir nunca a Dios. La soberanía de Dios siempre prevalecerá, y aunque todavía hoy veamos gobernar al príncipe de este mundo, este también es y será derrotado (como vimos en la sexta petición) por el soberano que ya gobierna y reina entre su pueblo, y lo hará algún día a nivel cósmico, cuando llegue la consumación de los tiempos. (Ap.11:15).

El poder es embriagador y adictivo. En la esfera política asistimos a luchas de poder que solo persiguen superar y doblegar al adversario para obtener y retener el poder. Frecuentemente va asociado al éxito, el dominio, los bienes, la grandeza. En el fondo, el espíritu de Babel subyace en el corazón de la insaciable hambre de poder del ser humano. Siempre que el poder o la autoridad intentan emanciparse de Dios provoca dolor y sufrimiento; intenta someter y no servir, aprovecharse y no ser de provecho. Y si nos duele verlo a diario en nuestro mundo, quizás sea más repulsivo verlo en el seno de la iglesia o entre quienes fueron llamados a servirse por amor los unos a los otros, y no a ejercer dominio o someter a los demás. Pidamos a Dios que el primer lugar donde se manifieste su poder sea en el seno de la Iglesia y que aquellos que deban ejercerlo, de manera delegada, por obediencia al Señor, lo hagan para servir y ayudar a sus hermanos, nunca para enseñorearse de ellos.

Suya es también la Gloria. Etimológicamente significa “luz”, “esplendor” pero ha derivado en “honra”, “honor”. La gloria de Dios se hace patente ya en su creación (Sal 19:1) pero se manifestó plenamente en la encarnación en su Hijo Jesucristo (Juan 1:14) Ahí resplandeció plenamente la gloria de Dios, que va más allá de unas cualidades, diríamos, de magnificencia que abruman, sino de una humildad, gracia y verdad que revelan a un Dios que es puro amor y misericordia. Esto contrasta claramente con las pretensiones de gloria que busca el ser humano: poder, dominio, vanagloria. Lo cual está resumido en aquel famoso latinismo: Sic transit gloria mundi. La gloria de Dios es la honra que se deriva de las cualidades morales que hemos visto en Cristo Jesús. “No a nosotros, oh Señor, no a nosotros sino a tu nombre da gloria” (Sal.115:1).

Reino, poder y gloria no son aspectos temporales sino eternos, como Dios mismo. Para todos los siglos y por todos los siglos. La palabra “Amén·” procede del arameo y significa “ciertamente”, “así sea”, “sí”. Con ella cerramos y hacemos nuestra esta doxología. También con el amén expresamos el deseo y la convicción de que todo lo orado al Padre tendrá su cumplimiento. Cuando oremos en comunidad y nos sintamos adheridos a las peticiones que un hermano/a hace, a su intercesión, a su suplica o peticiones de perdón, unámonos a él o ella con un sonoro “Amén” haciendo nuestra su oración.

Oremos juntos para terminar la oración modelo íntegra:

“Padre nuestro que estás en el cielo: Santificado sea tu nombre. Venga tu Reino. Hágase tu voluntad en la tierra así como se hace en el cielo.
Danos hoy el pan que necesitamos. Perdónanos nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a quienes nos han ofendido.
Y no nos expongas a la tentación sino líbranos del maligno.
Porque tuyo es el reino, el poder y la gloria por todos los siglos. Amén.”

Pau Grau